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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los Patéticos Entremeses de Maese Marcos y Don Simón (3)


Dos puertas / Dos camas


En escena, un pasillo con dos puertas exactamente iguales: verdes, con el pomo dorado y un cartelito con un número encima. El número de la primera puerta, la de la izquierda, es el 69, la de al lado es la 71. Entran en escena, por la izquierda, JOSELI y MAESE MARCOS. Joseli está muy borracha, apenas puede mantenerse en pié. El maese la lleva del brazo, casi a rastras. Joseli está especialmente cariñosa con él, le acaricia el pelo e intenta frotarse. Cuando llegan a la puerta con el número 71, el maese se para e intenta enderezar a Joseli, con mucho esfuerzo, pues le dobla en tamaño. Cuando por fin consigue ponerla derecha, Joseli se abalanza apasionadamente sobre él, le besa. El maese abre mucho los ojos, pone cara de susto, se intenta zafar de ella, pero no puede, es demasiado fuerte. El beso es largo e incómodo para el maese, que parece muy aliviado cuando por fin termina. Joseli está totalmente embelesada, le mira con una cara de enamorada que no se corresponde para nada con la del maese, que no sabe dónde meterse.

JOSELI: Mialé, si es que eres más bonico…

MAESE: Ca-ca-cálmese, señora.

JOSELI: Jomío, no me llames señora después del beso que acabamos de darnos… yo soy tu Joseli, pa lo que quieras… vamos pa dentro, zanguango.

MAESE: No, no se moleste. Acuéstese usted, que falta le hace, y yo mañana vengo a despertarla para despedirme antes de marcharnos, si no se me olvida, claro.

JOSELI: Me voy a acostar, pero contigo debajo, guapazo. Que te tengo unas ganas… y así con el vinillo…

MAESE: Con el vinillo dice… si ha dejado usted a su pobre tío sin una gota que servir mañana.

JOSELI: ¡Que no me llames de usted!

MAESE: Perdona, perdona.

JOSELI: Tira padentro, que te voy a quitar las tiranteces. Que estirao eres, madre mía.

Joseli abre la puerta de la habitación y se cae de boca dentro. El maese se asusta con el golpe. Joseli no se mueve. El maese, en vez de correr a ayudarla, duda si marcharse. Mira a ambos lados del pasillo, corre hacia ambos lados. Vuelve donde está Joseli tumbada, que ha empezado a emitir algún ruido. El maese corre a socorrerla a toda prisa. La ayuda a levantarse, aunque al final es ella la que levanta al maese un par de palmos del suelo.

MAESE: Está… ¿estás bien?

JOSELI: (muy borracha, tambaleándose) ¡Tiá pa dentro ya!

Joseli lanza al maese dentro de la habitación. Este entra volando, con un grito de terror afeminado. Joseli se remanga el vestido y cierra la puerta con el pié, dando un fuerte portazo.

Tras una pequeña pausa, se oyen unas fuertes risas. Por la izquierda entran DON SIMÓN y LA HERMOSA MUCHACHA ANDALUZA, PILI. Ambos están algo achispados, se rien de cada paso que dan y de la risa del otro. Simón lleva la camisa medio rota, le faltan algunos botones, la lleva prácticamente abierta del todo. Pili lleva el pelo suelto, alborotado. Se paran delante de la puerta 69.

PILI: Pueh ná, shiquillo. Aquí etamo.

SIMÓN: ¿Y nos vamos a quedar aquí?

Simón se acerca a Pili la besa apasionadamente hasta que esta queda apollada en la puerta de la habitación. Siguen devorándose apasionadamente. Pili le arranca la camisa del todo a Simón.

MAESE: (desde su habitación) ¡Con ciudado, Dios santo!

Pili y Simón se miran extrañados. Buscan la fuente de la voz, que por otro lado les resulta familiar. Pili hace un gesto de despreocupación y gira el pomo de la puerta.

MAESE: (desde su habitación, con una voz afeminada y estridante) ¡Me vas a partir en dos, mujer!

PILI: ¿Ece no eh zu amigo?

SIMÓN: Pues sí que parece la voz del maese…

JOSELI: (desde dentro de la 71) ¡No seas remilgao y quitaté eso ya, copón!

PILI: ¡Uuuuh! ¡Y eza eh mi prima!

SIMÓN: Dese luego… ese es capaz de cualquier cosa con tal de…

PILI: Con tal de qué.

SIMÓN: Nada… tienes que perdonar al maese. Es un poco envidiosete. En cuanto vio cómo nos mirábamos en los ultramarinos…

PILI: ¿Tú creeh? Pueh como mi prima ce le ponga farruca… lo mihmo no le vuelveh a vé. Ozú, que bruta eh.

SIMÓN: ¡Tranquila! El Maese Marcos es un hombre duro. Está algo chalao, pero seguro que sabe salir de esa y de dos como esa.

PILI: Ay, que zalao ereh.

Pili besa apasionadamente a Simón, acariciándole con pasión, cuando se va a echar hacia atrás para apoyarse de nuevo en la puerta, sin acordarse de que está abierta, cae de espaldas, con Simón encima.

SIMÓN: ¡Ay, Pili!, ¿estás bien?

PILI: ¿Bien? Tira pa dentro que vah a vé ci ehtoy bien.

Simón, en el suelo y sobre Pili, da una coz con la que cierra la puerta de un golpe.

Tras una pequeña pausa, El maese Marcos sale de la habitación con la camisa rota, con un solo zapato y jadeando. Lleva todo el pelo alborotado. Cierra de un portazo. Tiene una expresión de terror horripilante.

JOSELI (desde dentro): ¡No tardes, hermosón!

El maese hace un gesto de molestia supremo, como si no soportase esa voz. Asustado mira en todas direcciones, como si buscara a alguien. Se acerca a la puerta 69.

PILI (desde dentro de su habitación) ¡Ay Cimón! ¡Ereh un toro!

El maese pone cara de alivio, respira un par de veces, espera que paren los gemidos al otro lado de la puerta y llama un par de veces, cada vez más fuerte.

MAESE: ¡Simón! ¡Simoncete!

Tras una pausa de dos segundos, los gemidos de Pili vuelven a oírse, esta vez más fuerte, seguidos de algún grito de Simón.

MAESE: ¡Simón! (golpea con fuerza la puerta) ¡Simón, por tu padre, sal un momento!

Cesan los gemidos, seguidos de unos cuchicheos en voz baja. Unos pasos se acercan a la puerta, que se entreabre. Se ve la cabeza de simón. Tiene la cara llena de carmín y el pelo alborotado. Se ve como se viste mientras se asoma, excepto por la camisa. Va a pronunciar alguna clase de protesta por hacerle salir, pero sus palabras no aciertan a salir cuando ve el aspecto del maese, que incluso ha empezado a sollozar. Sale de la habitación muy preocupado y cierra la puerta con cuidado.

SIMÓN: Pero, maese, ¿qué le ha pasado?

MAESE: Simoncete, eso de ahí dentro no es una mujer, ¡es una bestia parda! Me va a destrozar, compadre, me va a hacer trizas.

SIMÓN: Ande, ande, no sea exagerado maese. Seguro que de peores plazas ha salido usted a hombros, hombre.

MAESE: No, tú no lo entiendes. Yo no quiero yacer con esa mujer. Yo no PUEDO yacer con esa mujer.

SIMÓN: Bueno, maese, no es lo que uno llamaría una belleza, ni una delicada flor, pero una conquista es una conquista…

MAESE: Que no Simoncete, no me estás entendiendo. Yo no puedo tener este borrón.

SIMÓN: ¡Ah, es por eso!

Se abre la puerta de la habitación 69 y podemos advertir a Pili totalmente desnuda. Su hermoso cuerpo llama poderosamente la atención del maese, que no puede evitar asomarse y lanzar un bufido de aprobación. Pili ni se da cuenta de que el maese está ahí.

PILI: Pishón, ven pacá ya que yo zola también goso, pero no eh iguá…

SIMÓN: (empuja a Pili hacia dentro para taparla) Tranquila, tranquila, tira pa dentro que ahora voy.

Pili pone cara de disgusto y se mete hacia dentro. Desde fuera se la puede oir gemir suavemente mientras el maese y Simón conversan.

SIMÓN: Maese, por dios, dígame qué le pasa, ¡que se me impacienta! ¡Para cuando vuelva va a estar más que servida! A lo que iba. No se preocupe usted por el borrón, que como dijo antes de partir “lo que pasa en el viaje se queda en el viaje”.

MAESE: No Simón, este borrón no me lo puedo yo permitir. Esta no puede ser la…

SIMÓN: La qué maese, por Dios, intente ser más claro.

Pili gime cada vez con mayor intensidad. Simón está cada vez más impaciente y mira al maese con una mezcla de rabia e impaciencia que no hace más que poner a este más nervioso. No acierta a decir lo que tiene que decir, balbucea.

SIMÓN: ¡La qué, maese!

MAESE: ¡La primera, Simón!

Se hace un silencia incómodo. Han cesado incluso los gemidos. Se oyen unos pasos desde la habitación 69.

SIMÓN: ¿La primera? Maese, ¿es usted virgen?

MAESE: ¡Shhh! ¡Calla botarate!

SIMÓN: Perdone... (Susurrando) ¿Lo es?

MAESE: Simón, han sido muchos años preparando la expedición, ordenando mis prioridades… yo no he tenido tiempo para andar con muchachas, he estudiado mucho, he preparado esta aventura toda mi vida. No he tenido tiempo, Simoncete, ¿me comprendes?

SIMÓN: Francamente, maese, para ciertas cosas y más a ciertas edades, uno debería sacar tiempo de debajo de las piedras si es preciso.

MAESE: Pues no ha podido ser, amigo. Comprenda que no quiera estrenarme con esa mujer. Ni el más rudo soldado austrohúngaro podría yacer con tal ser, y menos en un primer acercamiento.

SIMÓN: Ese es su problema, maese. Déjese de pamplinas, entre ahí y sea un hombre. Le juro que nadie lo sabrá,

MAESE: Simón, si entro ahí con mi experiencia, ¡me mata!

SIMÓN: ¿y qué quiere que yo le haga? Márchese como un cobarde, yo le cubro mañana a la mañana, pero déjeme a mí yacer con la Pili esta noche, por favor se lo pido.

MAESE: Tenía pensado, Simón, si te parece bien… que me echases una mano. A estas alturas del combate no puedo abandonar.

SIMÓN: ¿y cómo podría yo ayudarle?

MAESE: Un hombre de tu experiencia, de tu porte… de tu saber amar… ¿qué le parece si yace usted con dos mujeres esta noche?

SIMÓN: Pero ¿está usted en sus cabales?

MAESE: Simoncete, Simoncete, ¡yo te creo capaz de eso y más! Mira, yo me asomo un momentito, le digo que estoy algo indispuesto, tú yaces tranquilamente con tu Pili mientras yo espero aquí y, cuando acabes la faena, entras en la habitación, la mandas apagar todas las luces, te haces pasar por mí y me salvas el pellejo.

SIMÓN: Pero maese, ¡eso sería agotador! ¡Mañana no podría ni pestañear! Además, es posible que no vuelva a ver nunca a Pili, quiero pasar la noche con ella, compréndalo.

MAESE: ¡lo entiendo! ¡Esa es la mejor parte del plan! Usted me hace aquí cualquier apaño rápido y cuando se duérmala bestia, que con la cantidad de vino que lleva encima se dormirá, se vuelve usted aquí y yo apechugo el resto de la noche, y así puedes estar con tu Pili.

SIMÓN: No sé, maese… no me parece bien. La pobre Joseli, bestia o no, tendrá su corazoncito y habrá puesto sus ilusiones en yacer con usted…

MAESE: Simoncete, por favor. Esta no puede ser la primera

El maese mira a Simón con una expresión de súplica que el pobre no puede resistir. Accede a su petición a regañadientes.

SIMÓN: De acuerdo, maese, lo haré por usted.

MAESE. No sabes cuánto te lo agradezco, compadre.

SIMÓN: Pero invéntese una buena excusa, que lo que le voy a hacer a la Pili no va a ser una faena rapidilla.

MAESE: Tómate tu tiempo, Simoncete. En otra cosa no, pero en el mentir estoy bastante versado.

SIMÓN: Eso espero. En fin, voy para adentro. Ahora le veo.

MAESE: Espera, Simón

SIMÓN: Dígame

MAESE: Ahora que sabes mi terrible secreto… ¿me seguirás llamando maese? ¿Podrás mirarme a la cara, seguir respetándome?

SIMÓN: No se apure, MAESE. Un despiste, un mal organizarse cualquiera lo tiene.

MAESE: (abraza a Simón, que está ya desesperado por librarse de él) Gracias, amigo.

Simón entra en su habitación. Se oyen unas risas a las que siguen unos suaves gemidos que ganarán en intensidad mientras el maese pasea por el pasillo buscando una historia que contarle a Joseli.

PILI: (desde dentro) ¡Te quiero bien dentro Cimón! ¡No te me pareh!

El maese está realmente incómodo. Por fin se decide a acercarse a su habitación. Golpea la puerta tres veces, abre y asoma la cabeza.

MAESE: Jos-joseli, ¡Joseli! ¿Estás despierta?

JOSELI: (apenas puede hablar de la borrachera) Madre mía, muchacho, ¿dónde te metes? ¡Ven! ¡Cúbreme!

MAESE. es-es que verás Joseli, ahora mismo no puedo. Estoy algo indispuesto… voy a ver si tu tío tiene algo que me haga bien, el estómago se me revuelve.

JOSELI: Anda, anda, déjate de remedios. Un dolor de estómago no va a ser ahora la fin del mundo. ¡Tira!

MAESE: No te preocupes, Joseli… en seguida estoy aquí, ya verás como no tardo nada.

JOSELI. Como me hagas calentar el horno para luego no meter el pan… ¡te juro que te acuerdas de mí!

MAESE: (aterrado) Tranquila, que enseguida vengo.

El maese cierra la puerta con cuidado. Desde dentro se oye chillar a Joseli algo incomprensible. El maese se sienta en el suelo, entre las dos puertas de la posada.

Tras una pausa, se abre muy despacio la puerta de la habitación 69. Simón sale abrochándose la camisa.

SIMÓN: ahora, maese. Le he dicho a Pili que voy a por algo de champaña a la bodega de la tienda, que tardaré un rato.

MAESE: ¡Excelente! Joseli no sospechará nada, apenas han pasado unos minutos. Date prisa, que cuanto antes empieces antes acabamos, compadre.

Simón se acerca a la puerta número 71, se gira para mirar al maese y le hace un saludo militar.

SIMÓN: Deséeme suerte.

MAESE: ¡Al toro simoncete!

Simón abre con suavidad la puerta de la habitación e intenta imitar la voz del maese, de una forma poco convincente y ridícula. Le pide a Joseli que apague todas las luces del cuarto. Joseli gruñe, pero las luces acaban por apagarse. Se cierra la puerta. Se oyen cuchicheos, a los que le siguen unos gemidos graves y estruendosos, como si de una caverna viniesen. Los gemidos se cortan en seco, se oyen ruidos extraños. El maese se asusta.

JOSELI: (desde dentro) ¿¡Pero tú quien eres, esmirriado?! ¿Dónde está el otro, el grandote? ¡Fuera de aquí, humo!

Se oyen grandes golpes, cosas que caen, a Simón gritar y acercarse a la puerta con rapidez. De pronto se abre la puerta y vemos a Simón aterrado y a Joseli completamente desnuda y con una pata como de una mesilla de noche, hecha astillas, en la mano.

JOSELI: ¡Tira, pervertido! ¿Y tú? ¿Tú que haces enviándome a este asqueroso?

De pronto se abre la puerta de la 69, y Pili sale también completamente desnuda al pasillo.

PILI: ¡Cimón! ¡Ehto que é! ¿Qué haseh en la habitasión de mi prima?

SIMÓN: Yo… yo…

Joseli sigue amenazándole con el palo. Pili se ha puesto roja de rabia, y corre hacia donde está su prima para ponerse junto a ella.

MAESE: ¡Corre Simoncete! ¡Que nos matan, caramba!

SIMÓN: Pili, deja que te lo explique…

PILI: ¡No hay ná que explicá! Todoh loh marineroh zoi igualeh. ¡Que lo querís tó! ¡Hijos de mala madre!

SIMÓN: ¡Corra maese, que nos linchan!

El maese y Simón huyen aterrados de Joseli, que les sigue balanceando el palo en sus manos. Consiguen zafarse de ella. Joseli rompe el palo con ambas manos, de pura impotencia, mientras que Pili sigue maldiciendo a la vez que llora, de rabia.

JOSELI: Ay, lo siento Piluca. Siempre te fastidio estas cosas. Supongo que no estoy hecha para que me amen apuestos marineros sin que se monte un motín.

PILI: Ozú, no cea boba. Ehtoh marineroh ni eran marineroh ni eran ná, unah nenasa eh lo que eran. No merese la pena, Hoceli. Vámonoh pa casa.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Los Patéticos Entremeses de Maese Marcos y Don Simón (2)


Primas - hermanas

En escena una tienda de ultramarinos sencilla, con un mostrador, una muchacha detrás de este, un cartel con el nombre del establecimiento y una puerta a la derecha del mostrador. En el cartel, de latón viejo, se puede leer en letras blancas pintadas con una caligrafía exquisita, casi de diseño: “ALIMENTACIÓN LOS AUSTROHÚNGAROS”. Bajo el cartel hay colgado un ruinoso mapa de Europa, todo sucio y destrozado. Sobre el mostrador hay dos cuencos con frutos secos y varias barras de pan apiladas.

Tras él, PILI o LA HERMOSA MUCHACHA ANDALUZA. Es una chica joven, de unos 20 años, alta y delgada pero voluptuosa. De piel morena y suave y con una media melena negra y lisa que recoge en una pequeña coleta. Lleva un vestido de un verde intenso, pero lo tapa un largo mandil negro. El mandil va muy apretado con un nudo en la cintura, de tal forma que sus pechos se ven realzados. Juguetea con unas almendras que hay en uno de los cuencos, aburrida.

En la puerta que hay junto al mostrador hay un cartel parecido al anterior, pero algo más pequeño, con una caligrafía similar, en el que se puede leer: BODEGAS.

Por la derecha, al fondo, aparecen MAESE MARCOS y DON SIMÓN, todo sucios, sudados y descuidados. MARCOS va delante, dando uno de sus ridículos discursos a SIMÓN, que intenta no hacerle caso para no irritarse aún más.

MAESE: Bueno, bueno, bueno Simoncete, pues yo diría que por las gentes con las que no hemos ido topando y el clima del lugar, debemos de estar en algún lugar de Andalucía.

PILI: (se come rápidamente la almendra, se lava las manos en el mandil y pone su mejor sonrisa) ¡Ozú! No podría haber sio uhté má presiso, caballero. ¿Qué se leh ofrecese?

MAESE: (con los ojos como platos y cierta lascivia en la mirada) Vaya, muy buenas… buenos días señorita. Pues verá, mi compadre Simón y yo acabamos de atracar y estamos algo desorientados.

PILI: ¿De atracá dise? ¿Son uhtede marineroh o argo?

MAESE: En efecto. Somos dos marineros en busca de aventuras. Pero por el camino debimos desorientarnos…

PILI: ¡Ozú! Mal azunto eh ese. ¿Y adónde iban, si se pué sabéh?

MAESE: P-pues…p-p-pues… nosotros…

SIMÓN: (interrumpiendo al MAESE, que está cada vez más nervioso y desorientado) Hace tanto tiempo que partimos que ya ni recordamos hacia donde nos dirigíamos.

PILI: (con una risita tonta) Vaya, vaya, ya veo que zon unoh aventureroh. Para máh señah etán uhtede en Matalasarsa, capital andalusa en ehpaña y el mundo.

SIMÓN: (se acerca lentamente al mostrador y se apoya sobre él con cierto gesto galán) ¡Olé!

Pili se ríe tontamente y hace un gesto como de abanicarse con la mano, a lo que Simón responde con una sonrisa pícara. El Maese se siente incómodo, sigue al fondo de la sala. Da unos pasos hacia adelante y se coloca bruscamente junto a Simón, acabando con el cortejo de su compadre.

MAESE: V-v-veo que tiene una bodega ahí. ¿Qué clase de licores podría ofrecernos? Si no es molestia, claro.

PILI: (algo molesta por la interrupción) No, no ce preocupe. Ahora mihmo baho a la bodega y le cuento, que noh ha llegao un pedido jutho etha mañana y seguro que tenemoh algo interesante. (al decir esto último le guiña el ojo a Simón y se marcha por la puerta de la bodega).

SIMÓN: ¡Ha visto usted, maese! ¡Qué mujer, qué lozana!

MAESE: Bueno, bueno, Simoncete, no hay para tanto. Normalilla… normalucha diría yo.

SIMÓN: ¿No estará usted celoso porque la muchacha haya mostrado cierto interés en mí, verdad?

MAESE: (irritado, intentando disimular de forma exagerada) ¿Celos? Nada más lejos compadre, en todo caso siento lástima por ti. No sabes dónde te metes, compañero.

SIMÓN: Maese, con el debido respeto, creo que sé perfectamente dónde quiero meterme.

MAESE: Hazme caso, Simoncete. ¡Estas mujeres están locas! Te vuelven loco con sus maneras, su piel morena, su gracia al hablar, esos ojos brujos… pero es todo una trampa, compadre. Te embrujan, te engañan y luego te sacan hasta el alma. ¡No ves que son medio gitanas?

Al terminar de pronunciar esta última frase se abre la puerta de la bodega. Pili lleva en la mano tres botellas. Dos las deja en la mesa y la otra la deja bajo el mostrador.

PILI: Mire. Tenemoh un pasharán que noh lo quitan de lah manoh cada veh que lo traemoh, güenísimo, y un fino de Cái, algo máh carillo pero delisioso, para paladareh ehquisitoh, oiga.

SIMÓN: Nos lo llevamos todo. Llevamos mucho tiempo sin beber, perdidos en alta mar, y necesitamos refrescar bien el gaznate, ¿verdad maese? Pero después de tanto tiempo a la deriva… beber solos ahora sería una lástima, ¿no es así maese?

MAESE: B-b-bueno, no tenía pensado dedicar el día de hoy a beber, Simón. Deberíamos recuperarnos y ponernos en marcha.

SIMÓN: ¿y qué prisa hay? Nadie nos espera, señor. Un día de esparcimiento y buen beber podría sentarnos bien.

PILI: (con cierta complicidad) Cin duda, cin duda. Presisamente mi pare rehenta la pención de aquí al lao y en el pizo de abaho tiene un bar muy coqueto.

SIMÓN: ¡Mire usted qué bien! Así yo podría tomarme unas copas con esta amable gente y usted podría tomarse ese descanso que tanto ansía, maese. ¿Qué le parece?

MAESE: No, no. Yo también iré a beber con ustedes, no estoy tan cansado… y no quiero parecer antipático.

PILI: Ay, no ce preocupe. Zi quiere uhté dehcansá nozotro le dihpensamo.

MAESE: Nada, nada, nada, me vendrán bien unos tragos. Hace tiempo que no tomo una buena cerveza.

PILI y SIMÓN se miran algo incómodos, como si contaran con la falta del maese

PILI: Pueh no ce hable máh. Yo ya he terminao el turno, ahora ce viene mi prima, la Hoceli, que se encarga de vigilar ehto po la noche.

Por la izquierda, por el mismo sitio por el que entraron el maese y Simoncete, aparece una mujer ruda, gruesa y alta, de pelo largo, rizado y algo descuidado. En la mano derecha lleva un cubo y una silla y en la izquierda un cuchillo de gran tamaño.

JOSELI: ¡Tol mundo fuera que es mi turno, copón!

PILI: Ozú, Hoceli, que bruhca has sio siempre. Zaluda a ehtos ceñoreh, que son marineroh na menoh.

JOSELI: Marineros, marineros… (susurra) Pos tién más pinta de piratas, que tú te lo crees tó, prima.

PILI: Ay, ¡que no burra! Que zon unoh caballeroh mu amableh que van a pazá la noshe en la posá de mi pare ¿Te viene?

Simón y el maese aún no han salido del asombro de la aparición y las maneras de JOSELI. Simón le hace una reverencia algo forzada, sin dejar de poner cara de susto, y el maese adquiere cierta actitud altiva y chulesca, saludando un poco con la mano, de forma seca y borde

MAESE: Tanto gusto.

SIMÓN: Un placer, señor.... ita.

JOSELI pone cara de repugnancia a Simón, pero parece ciertamente interesada en el maese, al que se acerca para estrecharle la mano, de una forma muy varonil, con mucha fuerza.

JOSELI: Usté paece más de fiar. Yo le dejaría mis ahorros…

MAESE: (totalmente asustado y frotándose la mano de dolor) Vaya, gracias señora.

JOSELI: señorita, señortia.

Mientras tiene lugar esta incómoda situación, Simón se ha acercado lentamente a Pili y la ha agarrado por la cintura. Se miran fijamente. Pili se despega un momento para ir hacia el mostrador y saca de detrás la botella que dejó antes, una gran botella de vino. Se la da a Simón. Joseli y el maese mantienen una absurda conversación sobre dinero y negocios.

MAESE: …y después de eso pretendíamos viajar a Inglaterra, pero nos alcanzó una terrible tormenta y acabamos perdidos en el mar, solos, sin agua y sin comida apenas…

Simón y Pili se comen a besos junto al mostrador. Simón ha subido a Pili al mostrador y la está devorando. Pili no deja de jadear y se desabrocha el mandil, que cae a los pies de Simón. Joseli interrumpe al maese para indicarle lo que está pasando al otro lado de la habitación. El maese está rojo de rabia. Coge de la mano a Joseli y comienza a gritar.

MAESE: ¡Bueno Joseli! ¡Qué buen rato estamos pasando! ¡Ja ja ja! ¡Mejor vamos a un sitio más tranquilo!

JOSELI: ¿Qué te ha dao, muchacho?

El maese vuelve a coger a Joseli de la mano, haciéndole gestos para que se calle y se marchan dando un portazo, que hace que Simón y Pili se sobresalten.

SIMÓN: ¡Qué demonios?

PILI: Déhaleh, déhaleh. (sigue jadeando) No te pareh, ¡simonsete!

SIMÓN: eso si que no, no se te ocurra llamarme eso eh.

PILI: ay, perdona shiquillo.

Simón respira hondo un par de veces, como lleno de rabia. Vuelve a mirar a Pili, que se ha bajado los tirantes del vestido mientras este no miraba, y le está mostrando sus hermosos pechos. Simón se ha quedado sin respiración. Pili coge la botella del mostrador y derrama sobre sus senos un poco de vino. Simón comienza a sorberlo mientras Pili vuelve a gemir con locura, pero rápidamente vuelve a cubrirse y se levanta.

PILI: Shiquillo, vamonó a la posada, que aquí puede entrar cualquiera y vernoh en plena verbena.

SIMÓN: conforme. Tira, ¡guapa! ¡salá!

Pili sale corriendo delante de Simón, que le sigue pellizcándole el trasero y levantándole la falda del vestido, mientras esta se ríe tontamente. Salen por la puerta a toda prisa.

(CONTINUARÁ)

jueves, 4 de noviembre de 2010

Los Patéticos Entremeses de Maese Marcos y Don Simón (1)



Náufragos




En escena un bote a la deriva en el mar. En su interior dos hombres de aspecto descuidado, vestidos con camisas blancas y pantalones de tela negros. El más joven de ellos, DON SIMÓN, lleva la camisa manchada de vino, el pelo alborotado y está rebuscando cosas en un zurrón mientras el otro, MAESE MARCOS, algo mayor, le observa con desesperación.

MAESE: ¿Y bien? ¿Cuantos víveres nos quedan?

SIMÓN: (rebusca nervioso en el zurrón y remueve todo lo que hay en su interior) Pues… veamos… un poco de queso… un puñao de arroz… algo de vino en la bota…

MAESE: ¡Ay que ver, Simoncete! ¿Cómo se puede ser tan impreciso? ¿Qué es eso de un poco de queso, un puñao de arroz…? ¡Qué simple eres! Seguro que todo lo describes con la misma gracia…

SIMÓN: Y qué quiere que le diga, maese.

MAESE: (le interrumpe sin escuchar lo que dice) ¿Acaso le describiste a tu padre el servicio militar como “durillo”? ¿O le dijiste a tus amigos que pasaste unas vacaciones “muy apañás”?

SIMÓN: (algo irritado) No entiendo qué puede tener que ver eso con la comida que llevemos, maese.

MAESE: (sigue sin escucharle e interrumpiéndole) Seguro que le describió con la misma gracia a su mejor compadre la primera mujer de la que se enamoró.

SIMÓN: Ah, no, eso sí que no maese. Hablando de mujeres puedo darle tantos detalles que le parecerá estar viéndola delante suya, y más si dicha mujer ha conseguido ganarse un hueco en mi corazón.

MAESE: (de pronto muestra interés en lo que SIMÓN tenga que decir) Ah, ¿sí? Vaya, vaya, pues eso nos podría ser útil en estos momentos de aburrimiento y soledad. No todo va a ser morfar.

SIMÓN: Si quiere que se lo demuestre…

MAESE: ¡Por supuesto! A ver, por ejemplo, descríbame a la mujer más hermosa que haya visto en el último mes, justo antes de zarpar.

SIMÓN: Aaah, esa es fácil maese. Justo el día que zarpamos, mientras cargábamos todo en el navío, pude advertir a lo lejos a una bella dama que paseaba con sus niños por el puerto. Una mujer de pelo largo y rizado, de un rojo intenso y con un brillo que casi le cegaba a uno la vista. Era algo mayor, pero conservaba cierto atractivo que sin duda cultivó durante años.

MAESE: Interesante. Sigue, sigue Simoncete.

SIMÓN: Mujer de labios carnosos y rojos, de piel blanca y brillante. Los ojos grandes y verdes, y llenos de vida, casi como los de una chiquilla. Dos lunares adornaban su mejilla izquierda, y un mechón de pelo rebelde le caía sobre la cara con gracia. De generosos pechos, redondos, en su sitio. Bien puestos, si se me permite, vaya.

MAESE: (con los ojos muy abiertos y acercándose la mano a la entrepierna) Se le permite, se le permite. Siga, siga.

SIMÓN: Atlética, de cuerpo bien construido, casi esculpido, en buena forma vaya. Buenos cuartos traseros. Generosos, pero no en abundancia. Ha criado dos hijos, yo creo que su reconocimiento merece.

MAESE: (frotándose la entrepierna. Le cuesta respirar) Madre del amor hermoso… Siga Simoncete, siga.

SIMÓN: Pasó con los chiquillos por nuestro lado y nos preguntó hacia donde partíamos. Si hubiese escuchado su voz… un susurro casi cantarín, que acariciaba las palabras con suavidad antes de dejarlas salir de su preciosa boca. Su olor… un olor como a vainilla, que le hechizaba a uno, no se imagina. Se movía y hablaba con una gracia que habría hecho caer a cualquiera. ¡Cómo andaba, Maese! Movía el trasero hacia los lados, con un cierto contoneo que recordaba al de un grácil animalillo. Se giraba de vez en cuando, siempre sonriente y con cierta lascivia. ¡Tres noches sin dormir en alta mar me tuvo esa mujer, maese!

MAESE: (tiene los ojos casi en blanco y la mano metida en el pantalón) ¡Y qué más, Simón! ¡No me dejes así, caramba!

SIMÓN: Eso es todo lo que recuerdo, maese, ¿no le parece bastante? Oiga, ¡se está usted tocando!

MAESE: (saca la mano a toda prisa del pantalón) Perdona Simoncete, pero no puedo evitarlo. Tu certera descripción me ha excitado sobremanera. ¡Tengo que calmar esta tensión!

SIMÓN: Pues cálmese, cálmese maese. Le prometo que no miro.

MAESE: No me importa que mires, Simón. Es más… (Coge la mano de SIMÓN y la acerca a su entrepierna) podrías echarme una mano, compadre.

SIMÓN: ¡Pero qué dice! ¿Se ha vuelto usted completamente loco?

MAESE: Simoncete, entiéndelo. Lleva sin tocarme una mujer… desde tiempos del Imperio Austrohúngaro, por darle una fecha. Hacerse estas cosas uno solo es muy triste, amigo.

SIMÓN: Está usted loco, señor. No pienso hacerle eso. Cada uno que se apañe con lo suyo, no tiene usted más que concentrarse y listos.

MAESE: Pero Simón, podrías seguir contándome más de esa bella madre mientras me acaricias, solamente te pido eso (forcejea con él para llevar la mano de SIMÓN a su miembro de nuevo). Esto es algo que hemos hecho todos los hombres en mala racha, ¡no sea bobo!

SIMÓN: ¡Que me suelte, loco! (forcejea con él un rato y durante el alboroto cae al agua)

MAESE: ¡Simón!

SIMÓN: ¡Maese! ¡Écheme una cuerda o algo! ¡Me estoy congelando, y no sé nadar!

MAESE: (no le escucha, se está tocando bajo el pantalón mirando a otro lado) Ay, tenías razón, Simoncete. (Jadea cada vez más rápido) Con el bote vacío uno se concentra más.

SIMÓN: ¡Por el amor de Dios, maese! ¡Que me ahogo, por un demonio, que me ahogo!

MAESE: (jadeando, con los ojos cerrados, sin escuchar a Simón) De pechos generosos…. de pelo rojo y rizado…. contoneo de animalillo… animalillo pelirrojo… pelirrojo…. (Abre mucho los ojos. Gime y respira aliviado)

SIMÓN: (ha conseguido asirse al bote y mira con espanto la dantesca escena. El MAESE ha eyaculado sobre el zurrón, que estaba ligeramente abierto, y sobre el espacio reservado en el bote para SIMÓN) Pero apunte, por Dios, apunte. No se le puede hablar a usted de mujeres.

MAESE: Qué rato más malo me has hecho pasar, Simoncete. Eres un poeta, compadre.